La hospitalidad

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Foto: M. Capllonch

 “Mi hogar es el hogar de la paz. Mi hogar es el hogar de la alegría y el deleite. Mi hogar es el hogar de la risa y el regocijo. 

Quienquiera traspase los portales de esta casa, debe salir con un corazón alegre. Éste es el hogar de la luz; quienquiera entre aquí, debe quedar iluminado”.  

‘Abdu’l-Bahá

La hospitalidad es, en cierto modo, el vínculo entre el hogar y el mundo en general, bajo la forma de un flujo de gente. En algunas familias puede ser un simple goteo de buenos amigos y miembros de la familia, en ocasiones especiales como los cumpleaños o Navidad. En otras familias, los niños traen siempre a comer a un amigo, el padre viene con amigos y colegas y la madre puede ser miembro de un club que se reúne en su casa o invita a sus propias compañeras de trabajo.

En parte, la hospitalidad consiste en compartir, no sólo en el aspecto material, sino también en el espiritual: el ambiente y las cualidades de los miembros de la familia. Aprender es otra de sus facetas: “mirar por la ventana” para saber cómo vive otra familia, es un privilegio y un beneficio para los huéspedes. También es un ingrediente de la hospitalidad el ofrecer todo lo que podemos con el deseo de compartir, servir y vivir experiencias conjuntas.

Ser hospitalario en el hogar es una manera muy importante de aprender cómo es el mundo exterior. La gente trae al hogar otras costumbres, opiniones y modos de hacer las cosas, y  tanto los niños como los adultos  amplían sus horizontes en una creciente comprensióm del mundo de los seres humanos.

¿Qué ocurre en aquellas familias en las que la hospitalidad se limita a la propia familia y a los más intimos o a los  viejos amigos? Los niños aprenden a moverse solamente en un ámbito de relaciones restringido; no se acostumbran a otros caracteres, modales y puntos de vista, y tienden a mirar al mundo exterior a través de las estrechas miras de su familia. A la larga, aunque la familia sea sofisticada, intelectual y refinada, estos niños conservan una visión del mundo bastante ingenua: ¡se ha abierto un orificio muy pequeño en la puerta y sólo pueden atisbar el esterior!

¿Acaso no queremos que nuestros hijos comprendan a tanta gente como sea posible? ¿Qué se sientan a gusto en cualquier situación? ¿Qué sean dueños de sus sentimientos y capaces de adaptar sus puntos de vista? ¿Y no se deberá todo eso a la educación que se les dio cuando se les mostró qué es la verdadera hospitalidad?

Los niños no se van con rodeos en sus relaciones. Lo que la gente aprende durante la niñez sigue siendo siempre simple y directo a sus ojos. Por ello, es deseable que los niños aprendan a ver a todos los seres humanos como miembros de una gran familia. De esta forma se sentirán a gusto y como en su propia casa dentro de la familia humana y junto a todos y cada uno de sus miembros.

Dra. Agnes Ghaznavi – La familia, manual de reparaciones

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Ser padres

maryrocasFoto: Cala Agulla – Mallorca

Ser padres

Ser padres no es una materia que se enseñe en nuestros tiempos, ni por tradición ni en la escuela.Estudiamos matemáticas, astronomía, lengua, fotografía y arte, pero las actividades esenciales de la vida -cómo amar y cuidar a alguien, cómo fundar, educar y mantener una familia, cómo ser padres de unos hijos que están creciendo –  tenemos que aprenderlas en la práctica, probando ideas y tomando nota de nuestros errores. En el pasado, cuando los niños crecían en familias numerosas y criaban a sus propios hijos bajo el mismo techo daba por sentado que ciertos conocimientos debían tranmitirse de manera tradicional. En la actualidad, todo es más complicado; las familias son más reducidas, no hay concenso y mucha gente no tiene una experiencia auténtica sobre las diversas etapas de la vida familiar. Sin duda, a las generaciones venideras se les enseñará a ser buenos padres y podrán transmitir estos conocimientos.

En general, hoy en día se está de acuerdo en que el amor y los cuidados son esenciales a la hora de ser padres. Sin embargo, hay algo que es igual de importante y no siempre se reconoce como tal: la unidad. Lo que la mayor parte de la gente entiende por unidad es que una persona debe someterse a otra; pero esto no es unidad: es conformidad, un modo estéril de afrontar la realidad. La unidad es un método creativo de convertir las cualidades y actitudes de ambos padres en un sistema único e innovador de tratar a sus hijos. Los padres que viven esta clase de unidad son capaces de educar a sus hijos sin necesidad de muchas palabras y esfuerzos, es decir, mucho mejor que aquellos padres que realizan tremendos esfuerzos, se preocupan, hablan, regañan, gritan…cada uno por su lado, sin unidad. El ejemplo silencioso de la unidad es, por sí mismo, un excelnte educador.

Los educadores tienen la tarea de fomentar las cualidades y suprimir los malos hábitos. La manera más eficaz es dando un ejemplo vivo de dichas cualidades (sólo hay cualidades positivas; los defectos son carencias de cualidades). Cada familia, cada pareja de padres, transmite su propio conjunto de cualidades. Así se forja la riqueza de la Humanidad y lo específico de cada familia y de cada individuo.

De todas formas, es importante que las cualidades estén equilibradas. Si sólo se transmiten conocimientos técnicos y no conocimientos humanos, se creará un desequilibrio en el carácter y en la manera de vivir de los niños. Si sólo se transmite amor, pero no las habilidades de carácter práctico como la preparación y la organización, el niño será encantador pero totalmente indefenso en su vida de adulto. Si se considera que sólo la aptitud para el arte y la ciencia son necesarios, más no las cualidades humanas que fomentan las buenas relaciones, el niño estará en desventaja allá donde vaya, pues las relaciones son la base de la sociedad humana. 

Ser padres de un hijo , educarlo para que llegue a ser un ser humano útil, humanitario y abierto a la espiritualidad, es un gran regalo para el mundo. (…)

Un elemmento esencial es aceptar por completo la manera de ser progenitor que tiene el otro miembro de la pareja. Muy a menudo, uno de los padres es mejor educador en temas de moral, o en conocimientos técnicos y científicos, o en otras materias, y tiende a corregir de manera incesante a su cónyuge. Esta actitud es muy perjudicial; mina la autoridad del otro progenitor al tiempo que se pone a sí mismo en un pedestal. Hace depender a los hijos de uno mismo, en vez de permitirles que establezcan relaciones con amos padres de acuerdo a cada situación, edad y necesidades. Un educador tan dominante debería reflexionar y decidir dar al educador y progenitor menos dotado la oportunidad de desarrollar su capacidad de ser padre y de hacerlo muy bien. De lo contrario, ese excelente educador verá, al cabo de diez o quince años, que su dominante actitud de superioridad ha perjudicado a los niños de tal manera que no han podido hacerse una imagen positiva del otro progenitor. Hoy en día, en nuesta sociedad, esto suele ocurrir muy a menudo entre las mujeres, que creen saber mucho sobre cómo educar a los hijos que sus maridos. ¿No sería mejor fomentar la capacidad de ser padres en sus maridos, en vez de desanimarlos en una cuestión tan importante?

Deberíamos ser conscientes de que los niños son perfectamente capaces de escoger lo que necesitan, si son libres para hacerlo; elegirán los aspectos positivos de sus padres, siempre y cuando éstos permanezcan unidos, comprendiendo y aceptando esta libertad esencial a la que todos tenemos derecho: educar de acuerdo a los conocimientos y preferencias propios.

Un ejemplo de ello (aunque extremo) puede ayudarnos a aclarar la cuestión. En las familias con un padre alcohólico y una madre moralista, las niñas suelen admirar en secreto a su padre pese a saber que su madre es moralmente superior. El problema radica en que la madre es autoritaria en su relación con su padre; le critica abiertamente sus defectos y su propia personalidad. La hija, sensible a la pelea conyugal, se pone de parte del padre y llega a la errónea conclusión de que las cualidades de su padre deben de ser buenas, lo que resulta fatal cuando le llega la hora de escoger a su marido y educar a sus propios hijos.

¿Es una buena actitud admirar las debilidades?¿No sería mejor que la niña pudiese amar abiertamente a ambos progenitores, y elegir libremente las cualidades positivas de cada uno de ellos? Esta libertad de elección sólo puede darse cuando los padres se esfuerzan por mantener la unidad.

Agnes Gaznaví – Psiquiatra, La Familia: Manual de Reparaciones

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La comunicación como modelo para el cuerpo y la mente

 

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” La consulta familiar recurriendo a un diálogo completo y franco y animados por la certeza de la necesidad de obrar con moderación y equilibrio, puede ser la panacea para los conflictos familiares”.  C.U.J.

La comunicación como modelo para el cuerpo y la mente

Muchas personas creen que la sexualidad humana sigue modelos animales.

Apenas comprenden que un ser humano es -o debería ser – una criatura en la que los valores , y las elaboraciones de la mente y las emociones, prevalecen sobre la programación primitiva de los instintos animales. Si hubiesen estudiado la historia de la evolución de nuestro cerebro y hubieran comprendido su inmenso potencial y sus poderes superiores, demasiado a menudo infrautilizados, reconocerían con los científicos y sexólogos modernos que el ser humano, incluso en su actividad sexual, se compone sólo en un grado menor de lo que podemos llamar instinto o “pulsión”, y en mucha mayor medida está guiado por operaciones mentales tales como educación, los valores, la tradición, la cultura, los tabúes, el deseo de oponerse, de destruir, de amar y de apreciar.

La comunicación, en un sentido amplio de la palabra, no es sólo una operación verbal, sino que usa muchos otros medios más efectivos. El lenguaje corporal es uno de los métodos de comunicación universalmente entendidos…¡siempre y cuando los signos y los gestos se interpreten de la misma manera!.

Hoy en día, cada vez más personas de los países llamados civilizados han llegado a valorar la comunicación verbal sólo con un interés relativo: ¡suele desconfiarse de ella, sobre todo entre los jóvenes!.

En muchas culturas no occidentales, los enunciados verbales se valoran respeto al trasfondo de otros instrumentos tales como el gesto, la mímica o el silencio. Además, las personas todavía dotadas de la sensibilidad, la intuición y la sabiduría de la experiencia y la tradición que surgen de una filosofía de la vida imbuida de un sentimiento religioso, evaluarán la comunicación verbal respeto a este trasfondo más amplio y conseguirán una comunicación más completa que quienes sólo dependen de las palabras.

Las ciencias sistémicas modernas han enunciado la máxima de que los seres humanos no pueden evitar comunicarse: ¡aunque esté en silencio, un ser humano está comunicándose todo el tiempo! Como he descubierto, un terapeuta sentado frente a un cliente puede comunicarse a través de una mímica sensitiva indicando que está siguiendo lo que dice el cliente con comprensión y sentimiento, ¡o bien lo está desaprobando! (…)

En la actividad sexual, un ser humano debe utilizar muchos de sus modos de comunicación para transmitir mensajes complejos a su pareja. En la vida sexual, un ser humano utiliza su cuerpo de maneras diferentes, integrando modalidades de acción y percepción automáticas, semiautomáticas y conscientes. No sólo son los deseos y las decisiones individuales los que salen a la luz, sino también patrones culturales transmitidos a través de las épocas y las generaciones. La sabiduría familiar, los tabúes de varias generaciones, las percepciones vinculadas, por ejemplo, a la influencia de los medios de comunicación o a un intenso intercambio con los amigos, los padres, la autoridad o las normas culturales…Todos estos modos y conceptos diversificados (y generalmente insconcientes, o vagamente semiconscientes) forman una especie de fondo de las formas de expresión sexual del individuo. La persona puede estar armonizada, o en rebelión, o totalmente inhibida por las modalidades transmitidas a través de la tradición o la educación, el ejemplo o los medios de comunicación.

La esencia de toda esta cuestión es que la sexualidad es la expresión de la elección de un individuo en el contexto de algo mucho mayor. Los mensajes inconscientes de la tradición y la educación tienen un gran impacto. Ninguno es mayor que la imagen totalmente confusa que la mayoría de la gente tiene del aspecto ético y moral que subyace en todas las actividades humanas, y que nace en gran medida de la religión y la cultura. En una época de desintegración de los valores morales y éticos y de decadencia general, la sexualidad no puede ser algo sencillo para los seres humanos.

Es paradójico que mucha gente desea ser liberal en su actividad sexual, pero se encuentra atrapada entre tabúes o prohibiciones que no puede entender ni aceptar. (…)

Los valores éticos sensatos coherentes con la vida moderna, son la mejor ayuda para los jóvenes. Encuentro a gente joven dotada con un conocimiento superior (comparado con el de sus mayores)   de la necesidad de un sistema moral y ético coherente subyacente a las relaciones sexuales. Están totalmente deseosos de adaptar las situaciones de su vida a ese sistema, ya que esta visión está basada en la realidad, la lógica y la sensatez en todos sus aspectos.

Dra. Agnes Gaznavi , del libro: La sexualidad, relaciones y crecimiento espiritual

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Vida en común

              
VIDA EN COMUN

 

 

La mayoría de nosotros hemos crecido creyendo en los cuentos de hadas. Soñábamos con el día en que aparecería nuestro “príncipe azul”, nos enamoraríamos y terminaríamos casándonos y siendo felices para siempre. Y ahí, justo donde acaban los cuentos de hadas, empieza la vida en común de la pareja. Nunca llegamos a saber cómo les fue a Cenicienta y a Blancanieves con sus Príncipes. En realidad,  uno no conoce a la otra persona hasta que vive con ella.

Al comenzar la vida en común pueden aparecer los primeros síntomas de desilusión y desencanto y ambos cónyuges vivir con cierta sorpresa el hecho de que en la intimidad cada uno ponga de manifiesto las características mas inmaduras y regresivas de sí mismo. Mientras duró el noviazgo posiblemente la pareja estuvo tan cerca que no podían verse el otro lado, aquella parte oscura y no resuelta de uno mismo, que por cierto existe en todas las personas. Así, comienzan a salir a la luz, en busca de una buena resolución los conflictos internos derivados de la propia familia.

 

La integridad de los lazos familiares debe ser objeto de constante atención, y no han de vulnerarse los derechos de sus integrantes.

‘Abdu’l-Bahá, Promulgación pág.168

 

Muchas personas cuando se enamoran en el fondo esperan que su pareja satisfaga las esperanzas insatisfechas y los anhelos frustrados. De alguna manera se le pide al compañero, se le exige más bien, aquello que no se recibió de los propios padres y de él se espera  inconscientemente que las “repare”, ya que se supone que si nos ama ha de saber lo que necesitamos y tiene que satisfacernos en todo momento. Pero realmente ….

 

Cada uno de nosotros es responsable de una sola vida, y es la nuestra.

Shoghi Efendi. Vivir la vida

 

Sucede a menudo en las parejas que, precisamente aquellos cuyos padres no consiguieron resolver satisfactoriamente la dialéctica del matrimonio tienen mayores expectativas hacia su cónyuge y experimentan de forma más dolorosa la sensación de haber sido defraudado o traicionado.

Comprender de qué modo el pasado afecta a nuestras relaciones actuales nos libera y ayuda a aceptar mejor las turbulencias y vaivenes del amor. Clarificar los sentimientos, motivaciones, expectativas y  la dinámica inconsciente de cada uno; aceptar al otro como es y no como nos gustaría que fuera, sin sobrecargarle de los propios miedos y dificultades, y responsabilizarse de las propias necesidades y deseos; todo esto, que no es poco por cierto, forma parte del proceso de convertirse en una pareja sana y funcional.

El superar la crisis de desencanto del principio de la vida en común, el “caer del guindo” y “aterrizar” supone acabar con esas expectativas idealizadas que tenemos sobre el amor, el compañero y la relación de pareja, y da lugar a un amor más maduro y realista. En la práctica el camino para llegar a conseguirlo pasaría por empezar a hablar desde el “yo”: quiero…, necesito…, temo…, anhelo…; expresar las propias confusiones y miedos, comunicar los deseos y fantasías, hacerse responsable de las propias dificultades y carencias, y a la vez, permitir al compañero y darle la oportunidad de que haga lo mismo. A cada uno le corresponde conocerse  o como dice la siguiente cita:

 

…El hombre debe conocer su propio ser y conocer aquello que lleva a la elevación o a la vileza, a la vergüenza o al honor, a la prosperidad o a la pobreza.

Bahá’u’lláh. The Bahá’i World, pág. 167

 

Cuando los recién casados inician la convivencia deben establecer diferentes acuerdos. Tienen que encontrar nuevas maneras de relacionarse con las familias de origen respectivas, los amigos, los aspectos prácticos de la vida en común, etc. En el proceso de elaboración de los acuerdos pueden surgir diferencias, unas veces grandes y otras más pequeñas,  que de forma explícita o sobreentendida han de resolverse. Las decisiones que se toman tienen mucho que ver con lo que cada uno aprendió en su familia de origen, e incluso en ocasiones, pueden verse afectadas por la excesiva ligazón con los padres. De todos es sabido la diferencia que hay entre la idea que se tiene del matrimonio antes de casarse al hecho de pasar por la experiencia real.

Así mismo, la pareja debe elaborar el modo de encarar los desacuerdos, que inevitablemente surgen en la convivencia. Al principio, se tiende a evitar las discusiones y las críticas abiertas para no herir al cónyuge y así romper la armonía. Más adelante, es posible que al estar irritados puedan verse envueltos en una pelea. En algunas parejas hay temas que no acaban de resolverse y van quedando “aparcados”, entonces puede suceder que la pelea se inicie por cosas sin importancia,  cuando en el fondo,  el motivo principal de la discusión sea por estas cuestiones a las que no se ha encontrado solución. Así, se va elaborando la manera de resolver los desacuerdos y de clarificar cuestiones. Algunas veces la pareja no encuentra soluciones satisfactorias  para uno de ellos o para ambos y esto trae consigo un cierto malestar. Es en este período, cuando los cónyuges pueden aprender a usar tanto el poder de la imposición como el poder manipulativo de la debilidad y la enfermedad.

 

Sin embargo, en todo grupo, por muy amorosa que sea la consulta, de tiempo en tiempo han de surgir puntos irresolubles de desacuerdo. Por otro lado no caben mayorías allá donde sólo entran a decidir dos partes, como sucede entre esposos…

Carta de la CUJ a la AEN de Nueva Zelanda 28/12/80

 

 

A menudo y de forma alterna se tiene que ceder ante determinadas situaciones y realmente la capacidad de abordar las diferencias estabiliza y mejora la calidad del matrimonio. Las diferencias son, en un principio, lo que nos atrae de la otra persona y posteriormente, en ocasiones, estas mismas  pueden  percibirse como una amenaza a la unidad de la pareja. En el fondo, las diferencias son oportunidades para crecer y  nos enriquecen. Aceptarlas, y al mismo tiempo disfrutar de ellas, implica respeto y valoración de uno mismo y del compañero. El reto del matrimonio es encontrar la manera de resolver nuestras diferencias constructivamente. El equilibrio de poder en la pareja es importante y el quid de la cuestión es encontrar un equilibrio satisfactorio para ambos.

La pareja afrontará con éxito las continuas adaptaciones que implica la convivencia si son capaces de hablar de sus dificultades, si se enfrentan a ellas en lugar de rehuirlas, si se apoyan  mutuamente en vez de recriminarse, si logran hacer pactos satisfactorios para ambos, etc. Si todo esto sucede la relación de pareja será buena y gratificante, de lo contrario habrá continuas quejas, discusiones, reproches y malestar, situación que, a la larga, puede llegar a deteriorar a la pareja.

Seamos realistas y librémonos del mito de la pareja perfecta. Un matrimonio feliz no surge por arte de magia, como en los cuentos de hadas,  y tampoco basta un intercambio de promesas conyugales para crear un estado de amor y satisfacción total. El matrimonio no está exento de fragilidad y en su proceso evolutivo atraviesa diversas crisis, crisis que son más llevaderas si la pareja es flexible, es decir, si consigue adaptarse a las diferentes circunstancias cambiantes. Para formar un buen matrimonio la pareja ha de construir un “nosotros” en el que estén plenamente integrados el “yo” y el “tú”.  El objetivo primordial es lograr una relación más profunda y madura.

 

En resumen, la atracción y la armonía de las cosas son la causa de la producción de los frutos y de resultados útiles, en tanto que la repulsión y la falta de armonía entre las cosas son la causa de perturbaciones y de la aniquilación.

‘Abdu’l-Bahá, Bahá’i World Faith, pág. 295

 Maria Ferrer- Psicóloga

Etapas de la vida familiar

La vida es como un río que fluye sin cesar: uno no puede quedarse parado ni nadar contra la poderosa corriente.
La vida trae cambios relacionados con el crecimiento y que exigen flexibilidad.

Una pareja concibe un niño. Mientras aguardan su nacimiento, a medida que transcurre el embarazo y el parto se hace inminente, hacen sitio al nuevo miembro de la familia. Si la pareja no le reservase un espacio de su casa (y en sus vidas), el nacimiento del niño les ocasionaría un gran trastorno. ¡A veces, también los ancianos pueden permanecer anclados en el pasado resistiéndose a seguir avanzando y convertirse en abuelos!

Cuando nace el primer hijo, se constituye una familia. Con el nacimiento de más niños, la familia adquiere forma, estructura, variedad y creatividad. Las diversas relaciones permiten que todos los miembros de la familia aprendan nuevas aptitudes: la madre delega parte del cuidado del niño en el padre y en el hijo mayor, si es que no lo ha hecho ya llamando a los abuelos, a vecinos o a amigos. Los padres y los hijos mayores mejoran así en eficiencia y capacidad.

Al alcanzar la edad escolar, los niños entran tranquilamente en un mundo más amplio. Esto lo perciben, sobre todo, las madres, y también los hermanos más jóvenes. Los niños se integran muy deprisa en el ambiente de sus compañeros y, a la edad de diez u once años, suelen ponerse de parte de ellos en vez de preferir a su familia, para gran disgusto de sus padres.

Cuando los jóvenes terminan el colegio, sea para entrar en el mundo del trabajo, iniciar la formación profesional o ir a la universidad, a los padres se les cierra un capítulo de la vida. Se convierten de nuevo en una pareja y tienen que afrontar grandes cambios. Es posible que ya deban cuidar a sus ancianos progenitores; la mujer puede tener ya un trabajo a jornada parcial o completa, y el hombre comienza a abandonar el rol de ser quien mantiene a la familia, siempre y cuando no hayan crecido sus ambiciones y construya grandes casas o negocios que usutituyan su autoridad en la familia.

Tras la jubilación, la pareja madura y desarrolla otras facetas de la vida, iniciadas varias décadas antes: son los aspectos espirituales de su relación. Si una familia es rígida, el paso a nuevas etapas creará trastornos y angustia. La falta de felicidad se manifiesta en forma de depresiones y, a veces, locura; o bien dejando la escuela o el trabajo o yendo a la ruina, en vez de aceptar la propia incapacidad de hacer frente a la nueva situación. Pero, si entendemos las etapas normales de la vida y las recibimos con los brazos abiertos, podemos obtener beneficios de cada nueva fase y de las oportunidades que nos ofrece para a prender más cosas, de modo que podamos pasar a la siguiente habiendo obtenido amplias satisfacciones de la anterior.

Volvamos a examinar estas etapas. Si repasamos la vida de un árbol frutal, veremos la semilla, una entidad diminuta que protege la vida: luego el embrión, el brote, el tallo nuevo y tierno; más tarde, los primeros capullos en sus delgadas ramas y la formación de los frutos; al alcanzar su máxima madurez y belleza, el árbol está cargado de frutos; por último, el musgo o los parásitos lo debilitarán y los cambios meteorológicos, las tormentas, los rayos y el granizo minan su esplendor y su salud, hasta que devuelve toda su savia a la tierra a través de las raíces y se seca.

Si ahora contemplamos al hijo, el fruto de la familia, podremos comprender que darle la vida es uno de los objetivos implícitos de un jóven matrimonio. La pareja aprende a hacer un hueco a otro ser que necesita sus cuidados, y se preocupan o se alegran al ver sus puntos débiles, sus habilidades y su desarrollo gradual. El niño crece, nacen otros hijos, el niño ingresa en el parvulario y luego en la escuela, hace amigos, intenta establecer relaciones con el otro sexo hasta que inicia una relación estable con una pareja, y juntos fundan una familia apoyándose en los ingresos que les proporciona su profesión.

Durante este proceso, la madre, el padre, la pareja, los abuelos y los vecinos fomentan, practican y perfeccionan distintas funciones. La madre prepara su cuerpo y su alma para recibir, proteger y criar a ese desvalido ser; el padre presta su apoyo tanto al hijo como a la madre. El niño madura y se libera de esta relación íntima de protección para incorporarse al mundo exterior y desarrollar en él sus capacidades. La madre, tras haber cuidado s su último hijo durante su crecimiento, se desvincula también de esta relación tan próxima y busca otras esferas de actividad para sus ya maduras capacidades. La relación mutua del padre y la madre se profundiza más al haber criado a sus hijos.

Cuando los hijos se independizan, esa relación se estrecha aún más, ganando en profundidad y en belleza espiritual; así se convierte en un regalo que la pareja madura ofrece a sus hijos, a sus nietos y a la sociedad en general.

Para que este proceso dé sus frutos, tanto en el plano material (niños, bienes, dinero, escuela, trabajo, etc.) como en el espiritual (cualidades, relaciones, habilidades y conocimientos humanos refinados), necesitamos los métodos modernos de cosulta y cooperación dentro del ya viejo marco del amor y del nuevo contexto de la unidad en la diversidad.

“Así se forja la afinidad entre marido y mujer y quedan unidos en armonía como si fuesen una sola persona. Mediante su unión, su compañerismo y amor, en el mundo se producen grandes resultados, tanto materiales como espirituales. El resultado espiritual es la aparición de las manifestaciones divinas. El resultado material son los niños nacidos en la cuna del amor de Dios, nutridos por el pecho del conocimiento de Dios, crecidos en el seno de los dones de Dios y criaados en el regazo de la educación de Dios. Así son los niños de los que Cristo dijo”¡En verdad, ellos son los niños del Reino!”.

La familia: Manual de reparaciones de Agnes Ghaznavi