RECIPROCIDAD

En tiempos pasados, la reciprocidad en la relación conyugal era rara, ya que las mujeres, en general, eran consideradas como propiedades o incluso como animales.
Un hombre era libre de utilizar su burro con gentileza, o de tratarlo con brutalidad hasta que al animal se le agotaban las fuerzas y moría. Actualmente, en el mundo industrializado, el hombre tiene la misma elección respecto a su coche: puede tener en cuenta lo que necesita y conocer su mecánica, o conducirlo por terrenos agrestes sin prestar la menor atención a su mantenimiento, cambio de aceite o recambios. Una mujer puede limpiar y cuidar de su máquina de coser o de su computadora, o puede maltratarla hasta que se atasque y quede inservible. Incluso una cuchara o un cuchillo puede mantenerse limpio y en su sitio, o dejar que se oxide o quede manchado.

En una era en que se tiende a tratar a los seres humanos como si fueran máquinas, no es fácil alcanzar una verdadera comprensión de la naturaleza humana y de las leyes que gobiernan las relaciones personales, aunque nuestro objetivo sea la felicidad, la armonía y el crecimiento del individuo, de sus relaciones y de la sociedad.

En esta época en que las mujeres, por primera vez, están aprendiendo que la dignidad humana también es aplicable a ellas, es absolutamente importante que los hombres conozcan las leyes de la reciprocidad y no esperen que una mujer les sirva sin recibir nada a cambio, ni pretendan imponer a una mujer lo que ella no quiere. Hoy es importante tanto para los hombres como para las mujeres comenzar a preguntar a su cónyuge qué es lo que le gusta y lo que le disgusta, para poder llegar a conocerle como un ser humano con sus características individuales. Esto es aplicable a la relación conyugal respecto al espíritu, a la mente, a los sentimientos y, por supuesto, al vínculo físico. Es necesario llegar a conocer las creencias individuales, los gustos e idiosincrasias, sin lanzarse necesariamente a la conquista de la otra persona o emprender una cruzada para cambiar sus criterios.

A menudo, esta ley básica de la reciprocidad no es respetada en absoluto por la sociedad en general, no sólo entre hombres y mujeres. Sin embargo, el gran arte de ocultar la verdad mediante una profusión de palabras y fervientes declaraciones de sinceridad, de nuevo mediante palabras, suele esconder el reprochable hecho de que existe poca reciprocidad en nuestra vida actual.

Sin embargo, la sexualidad es un verdadero barómetro de la reciprocidad! Es una expresión corporal de numerosos principios espirituales, entre los que se cuenta la reciprocidad.

La ley de la reciprocidad es similar a la equidad y la justicia: si es correcto que tú recibas, entonces también lo es que yo reciba. Si quieres expresar lo que sientes, ¿no sería justo que yo también pudiese expresar lo que siento? Si tú tienes derecho a satisfacer tus ansias y deseos, ¿no es también apropiado que yo dé respuesta a los míos? Si un día yo no tengo el deseo ni la necesidad, ¿no sería adecuado que lo aceptaras, ya que pareces dar por sentado que a veces tú también estás atareado, preocupado, cansado o distraído? Si, en unas, tu amor se expresa con serenidad, y en otras con ternura, o de forma más enérgica y apasionada, ¿ no puedes imaginar que yo también atraviese esas diversas modulaciones de necesidades y estados de ánimo sin querer por ello ofenderte ni rechazarte? ¿Acaso no es esto reciprocidad?

Cuando se suprime la ley de la reciprocidad de manera sistemástica y uno o ambos miembros de la pareja no la respetan, la sexualidad, como un canal de agua, se estanca; puede que gotee un poco de uno al otro, ¡pero no en la dirección contraria! Entonces, la gente se preocupa, se enfada o queda perpleja, y recurre a la explicación más habitual: mi pareja está, bueno, deprimida…debemos administrarle algún tratamiento. ¡Cuando ella haya recibido tratamiento para su depresión, las cosas volverán a la normalidad!

-¡Cariño! ¡Estás maravillosa!
¿Quién no quiere escuchar estas palabras de su pareja? Sin embargo, lo trágico es que para muchas mujeres esto puede significar que su pareja sólo desea ver el lado bueno, saludable de su mujer, que está “siempre dispuesta”. Entonces, la esposa siente que debe reprimir su cansancio, su tristeza, sus decepciones o su falta de entusiasmo, y que siempre tiene que intentar parecer “maravillosa”.

¿Qué sucede cuando una pareja funciona así, o cuando las mujeres piensan que le deben esto a los hombres?

Hace algún tiempo, uno de mis colegas me pasó el caso de una mujer que había sufrido dos operaciones de cáncer y la ansiedad estaba a punto de volverla loca. Había trabajado muy duro toda su vida, pero le había gustado ser capaz de llevar la responsabilidad de todo; de hecho, su marido, sus hijos, su jefe y su padre siempre habían buscado fuerza moral en ella. Luego, su fuerza se desvaneció y contrajo cáncer…y su inmensa tristeza fluyó en forma de un mar inacabable de lágrimas. Su marido le decía: “No está bien que llores, no deberías llorar”.

Pedí a esta señora que explicase a su marido que tenía un lago de tristeza en su interior, y que si él la dejaba llorar sin reprochárselo, ella se pondría mejor. Él aceptó; la mujer lloró durante tres semanas y luego dejó de llorar.

Cuando la tristeza, el cansancio o cualquier otra emoción natural es reprimida durante largo tiempo, crea un caos en la mente, el alma y el cuerpo de una persona. Muchos hombres no pueden aceptar estas manifestaciones naturales de sus compañeras. (Aunque a ellos les parece natural expresar libremente su agotamiento, su desencanto o sus ansias, buscando el consuelo y la comprensión de sus esposas.) En palabras de un escritor francés: “No hay mayor contraste con la imagen masculina de confianza en uno mismo, racionalidad y control, que su dependencia mohína, obtusa y, a menudo, prácticamente absoluta de sus esposas a la hora de articular y afrontar sus propios sentimientos de infelicidad, y su propia insensibilidad, miedo y pasividad a la hora de ayudar a sus esposas a afrontarlos”. Hay que subrayar que estas palabras las escribió un hombre.

A menudo, a las mujeres no se les permite expresar su tristeza (por así decir, ¡una mujer triste no es una buena compañera!), cansancio o decepción; entonces ellas reprimen se expresión, pero estas emociones naturales suelen reaparecer bajo distintas fachadas: ira o un silencio dolido. También es típico que los hombres no se permitan expresar su tristeza llorando o mostando un gesto de pena: ¡entonces tienen que volverse irritables, furiosos o incluso violentos!.

Apenas hemos aprendido a hacer caso de leyes tan sutiles como la reciprocidad, aaunque a todos nos gusta el juego limpio y la justicia, tanto en nuestros propios asuntos como en las leyes de la sociedad

En diversos países occidentales, los tribunales han sentenciado recientmente-y por primera vez en la historia- que una mujer no debe ser obligada a mantener relaciones sexuales contra su voluntad, aunque esté casada. Éste es un gran paso adelante hacia la ley de la reciprocidad para ambos sexos.

En la sexología moderna, cuando la relación sexual de una pareja se ha interrumpido a causa de algún síntoma que exprese sufrimiento (impotencia del hombre o frigidez de la mujer, o la ausencia de la necesidad normal de actividad sexual), el tratamiento comienza enseñándoles a descubrir las necesidades corporales del otro mediante las caricias. El hombre y la mujer tienen que descubrirlo y ayudar a su pareja a tomar conciencia de sus necesidades. Ésta es una buena manera de medir la capacidad de la pareja de aprender la ley de la reciprocidad, además de aprender lo que es la ternura en un sentido físico.

Dra. Agnes Ghaznavi –

2 comentarios to “RECIPROCIDAD”

  1. J.J. Lira Says:

    No cabe duda que uno no deja de aprender. Que gran consejo el de la reciprocidad. No es nada sencillo entender a las mujercitas sin embargo dicha ley de reciprocidad contesta no una, sino muchas preguntas.

    Atender la casa con todo lo que implica solo ellas.

    Gracias, Que buen tema.

  2. uriel Says:

    adios chida pagina


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